DANIEL BERMÚDEZ: “LA ARQUITECTURA ES PRODUCTO DE LAS CIRCUNSTANCIAS”

La casa de la familia Bermúdez Samper (diseñada y construida entre 1952 y 1960), ubicada en la carrera 13 No. 85-24, al norte de Bogotá, y declarada Bien de Interés Cultural (BIC) de nivel nacional por parte del Ministerio de Cultura en junio de 2001, siempre fue un universo creativo. No podía ser de otra forma, pues era el hogar de Guillermo Bermúdez Umaña, uno de los más grandes y reconocidos arquitectos del país, y Graciela Samper Gnecco, quien también con estudios de arquitecta, estuvo siempre vinculada al sector cultural, desde el cual impulsó la consolidación de Artesanías de Colombia.

En ese entorno crecieron los hoy arquitectos Daniel y José Alejandro Bermúdez y su hermana Consuelo. Y así lo destaca el arquitecto Daniel Bermúdez Samper, en charla con el CPNAA, al reconocer esa influencia familiar: “No debe extrañarle a nadie que los oficios se hereden de la misma forma en que ocurrió con el señor Luigi Ramelli, quien realizó las molduras del Teatro Colón a comienzos del siglo XX. De sus herederos, todavía hay algunos que trabajan en yeso y prefabricados”.

Con la arquitectura como parte del legado familiar, Daniel se dedicó a construir una marca propia, aunque reconoce que, más allá de eso, “la arquitectura es producto de las circunstancias y estas cambian permanentemente”. Se refiere a que las condiciones de un lugar, así como las exigencias, costumbres y posibilidades técnicas de una sociedad determinan el aporte de la profesión al desarrollo urbano y social en un periodo específico.

Precisamente, en la época de su padre y sus contemporáneos, como los arquitectos Rogelio Salmona y Germán Samper Gnecco, se construyeron edificaciones que se convirtieron en íconos del paisaje urbano de ciudades como Bogotá. La época de Daniel, casado con la arquitecta Inés Obregón, y de los arquitectos que vienen detrás, entre los que se incluyen sus tres hijos (Ramón, Diego y Antonio), demanda asimilar de nuevas formas el proceso de pensamiento que permite conocer las condiciones del entorno y dar una respuesta adecuada desde la profesión.

Para este arquitecto, su respuesta creativa va de la mano con un sello particular que se caracteriza por el respeto a lo público. “En mi caso lo que puede haber de sello personal es el interés que tuve desde el comienzo en lo público. Nuestra sociedad ha producido ciudades conflictivas, zonas mal servidas, segregación. Para mí, trabajar en lo público es lograr reducir esos indicadores, aunque sea difícil –dice-. La Biblioteca Pública El Tintal y el Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo y su biblioteca pública son un maravilloso ejemplo”.

El arquitecto estuvo detrás de la creación de esas construcciones que, con el paso del tiempo, se han consolidado como epicentro tanto de la lectura como de las actividades culturales y punto de encuentro. “Entiendo el plano como algo continuo que no busca llamar la atención, sino brindar sosiego. La belleza de la arquitectura tiene que ver con generar algo de calma. Es poco probable que una arquitectura hecha con esas intenciones sea vista superficialmente. Estas obras son las que uno piensa que pueden haber contribuido a ese cometido de reforzar lo público”, enfatiza.

Son obras a las que se suman otras muy destacadas como el edificio de la facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de los Andes; los edificios de posgrados, auditorio y biblioteca de la Universidad Jorge Tadeo Lozano; Ágora Bogotá Centro de convenciones, y el gimnasio del Liceo Francés Louis Pasteur.

Por varias de ellas, ha recibido numerosos  reconocimientos. Ha sido el ganador de la Bienal Colombiana de Arquitectura y Urbanismo, en los años 1992, 1998, 2004 y 2018. Igualmente, recibió el Premio Obras Cemex, que “promueve el desarrollo, la creatividad y la innovación en la construcción, fomentando el intercambio de ideas y soluciones entre las distintas culturas constructivas del mundo”, de acuerdo con Cemex Colombia, y cuya convocatoria para la edición 2020 cierra el próximo 31 de marzo.

Paralelamente, Daniel ha sido profesor de la Universidad de los Andes desde 1975. A lo largo de estos, años ha visto estudiantes interesados en sus ciudades y a otros que priorizan su enriquecimiento individual. No le preocupa lo segundo porque cada profesional tiene el derecho a ver su oficio desde diferentes perspectivas. Sin embargo, sí tiene un consejo para los arquitectos a quienes les tocó trabajar en la era digital.

“Les diría que, por favor, dejen las pantallas y eviten buscarlo todo en internet; que encuentren soluciones en el verdadero conocimiento que da salir a los terrenos, palpar la verdad, mirar, medir y preguntar –afirma-. Igualmente, que tengan una conciencia clara de la sociedad en la que viven. En el caso de la colombiana, no se puede hablar simplemente de que hay buenos o malos”.

Como docente, considera indispensable que entidades como el CPNAA proporcionen herramientas para mejorar las condiciones en las que se ejerce la arquitectura hoy, lo que implica revisar el procedimiento para otorgar las matrículas profesionales independientemente de los títulos universitarios, como ocurre en algunos de los países más desarrollados del mundo.

Esto contribuiría a enriquecer la arquitectura, que le ha dado varias satisfacciones. La primera es “darse cuenta de que en la obra trabajan personajes maravillosos, colombianos de primer orden, esforzados, que son los obreros y maestros a quienes les encanta hacer las cosas bien hechas y se sienten orgullosos de su trabajo”, explica. La segunda, es comprobar el servicio que las edificaciones prestan a la población, como las bibliotecas a los niños que las visitan de forma recurrente. Y la tercera, obtener el reconocimiento del gremio que identifica en sus construcciones esa solución a un problema, como ocurre con el Bloque C o Facultad de Arquitectura de la Universidad de los Andes, porque la arquitectura, en primera instancia, “debe generar momentos de belleza”.

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Jueves, Marzo 5, 2020